Una cierta incertidumbre

24.9.04

Sr. Juez:

Sé que mi caso no le sugiere una desgracia accidental, sino mas bien un acto premeditado. Pero no es así, permítame contarle la verdad:

Él era casi como cualquiera, tenía una sola particularidad: ciertas emociones lo hacían achicarse físicamente. Pasado el efecto de la angustia, la vergüenza, etc, recuperaba su tamaño normal. Pero a veces sus dimensiones se hací­an insignificantes. Acostumbrada a esto, decidí­ llevar siempre una lupa encima.

El dí­a de la tragedia, estábamos tomando sol en el pasto a orillas de un lago artificial. Discutimos, le grité y me quedé callada. Cuando me volteé ya no estaba. Automáticamente saqué la lupa y me puse a buscarlo. Lo vi, chiquitito, balanceándose sobre un tab de coca cola light. La culpa me oprimió el pecho. Arrimé la lupa para verlo de cerca, pedirle perdón. Y pasó.

Su Señorí­a, yo no sabí­a... solamente querí­a cuidarlo, progerlo. Siempre le tuve miedo a las llamas, al fuego, no era mi intención incendiarlo!!!

(fue la alianza macabra entre el sol y mi lupa)
(entre su diminutez y mis culpas)