Sé que mi caso no le sugiere una desgracia accidental, sino mas bien un acto premeditado. Pero no es así, permítame contarle la verdad:
Él era casi como cualquiera, tenía una sola particularidad: ciertas emociones lo hacían achicarse físicamente. Pasado el efecto de la angustia, la vergüenza, etc, recuperaba su tamaño normal. Pero a veces sus dimensiones se hacían insignificantes. Acostumbrada a esto, decidí llevar siempre una lupa encima.
El día de la tragedia, estábamos tomando sol en el pasto a orillas de un lago artificial. Discutimos, le grité y me quedé callada. Cuando me volteé ya no estaba. Automáticamente saqué la lupa y me puse a buscarlo. Lo vi, chiquitito, balanceándose sobre un tab de coca cola light. La culpa me oprimió el pecho. Arrimé la lupa para verlo de cerca, pedirle perdón. Y pasó.
Su Señoría, yo no sabía... solamente quería cuidarlo, progerlo. Siempre le tuve miedo a las llamas, al fuego, no era mi intención incendiarlo!!!
(fue la alianza macabra entre el sol y mi lupa)
(entre su diminutez y mis culpas)
24.9.04
Sr. Juez:
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