Vuelta
Cordialmente,
Cordialmente,
esquina
boca de subte
parada del 161
Persicco abierto.
Voy a esperar porque a alguna parte vas a ir porque siempre estás yendo y viniendo porque no conocés lo que es mirar el piso y ver pies quetos. El reencuentro es previsible: cuando me veas vas a mirarme sin entender y decir disculpá me dejás pasar por favor y yo quizás te diga que no porque te tenés que quedar ahí y resignificarlo todo.
Voy a esperar porque alguna parte vas a ir porque siempre vas a estar ahí donde yo no estoy pero ahora que sé que esa es la regla, planeo esperarte simultáneamente en todo Buenos Aires y cuando llegues, cuando me llames por mi nombre porque lo sabés de memoria
(y mi teléfono
y los nombres de mis hermanos
y cada curva de mis huellas digitales),
vas a decir estás igual que siempre no cambiaste nada seguis siendo la misma y yo voy a decir que sí sólo para no contrariarte pero no vas a entender lo que digo. Creo que me entenderías si alguna vez me hubieras entendido.
Inicialmente, improvisar.
¿Por qué no, entonces?
Pateando los primeros días de Mayo,
envuelta en un saco de otoño dosmilcinco,
arrojada al borde de una provincia Buenos Aires,
en un punto gris de humo y locura espiral,
detenida ante un parodetransportes vehiculizantes de Sentido,
digo que: No.
Basta de interrupciones calendáricas, baches de días días que pasan pasan sin pudor. Toc, toc, ¿alguien atento? Allá en el fondo, dejen de charlar. Yo de ahora en más, suelto la regla y escuadra y compás y todas las herramientas de exactitud milimétrica. Prometo desorden y sobre todo, prometo despromesas.
Lo que sigue, es periódico, constante y no tengo por qué hacer cerrar esta oración coherentemente, si no quiero
¿no te dije?
(rumores afirman que el suelo suspira cada tanto, alivio de saberse conquistado)
En el medio creo haber crecido.

Te descubrí, caleidoscopio! Te descubrí mientras pronunciabas tu discurso y todos esos sonidos, vocales, consonantes -espejitos de colores- rodaban despacio por el aire, ocupaban los silencios, se acomodaban buscando la manera de decir lo que hace falta decir para que yo ceda. Pero no, caleidoscopio. Las formas hermosas que construís y destruís no me distraen lo suficiente como para hacerme olvidar que en el fondo, allá lejos en tu fondo, lo que brilla es solamente un montón de espejitos de colores.
Como decía: inentendiblemente, ayer a la noche me acusaron de mentirosa compulsiva. Menos mal que es cierto.
Trazo una raya al final de la hoja, apretando el lápiz con tanta fuerza que hago una grieta en la mesa. Sólo me falta completar el casillero correspondiente al total, pero no lo hago. Total da siempre lo mismo.
Sé que mi caso no le sugiere una desgracia accidental, sino mas bien un acto premeditado. Pero no es así, permítame contarle la verdad:
Él era casi como cualquiera, tenía una sola particularidad: ciertas emociones lo hacían achicarse físicamente. Pasado el efecto de la angustia, la vergüenza, etc, recuperaba su tamaño normal. Pero a veces sus dimensiones se hacían insignificantes. Acostumbrada a esto, decidí llevar siempre una lupa encima.
El día de la tragedia, estábamos tomando sol en el pasto a orillas de un lago artificial. Discutimos, le grité y me quedé callada. Cuando me volteé ya no estaba. Automáticamente saqué la lupa y me puse a buscarlo. Lo vi, chiquitito, balanceándose sobre un tab de coca cola light. La culpa me oprimió el pecho. Arrimé la lupa para verlo de cerca, pedirle perdón. Y pasó.
Su Señoría, yo no sabía... solamente quería cuidarlo, progerlo. Siempre le tuve miedo a las llamas, al fuego, no era mi intención incendiarlo!!!
(fue la alianza macabra entre el sol y mi lupa)
(entre su diminutez y mis culpas)
Hoy me paro entre vos y yo a mirar el mapa
este Norte
O
este Sur
cuatro puntos cardinales
cuatro patas de una mesa donde se juegan mis cartas
(no correspondencia)
cuatro pies sobre la tierra
cuatro señales concretas de
cuatro afirmaciones
que ya no afirman nada.
El piso no me sostiene.